Elisabet Ros

El duelo por la muerte de la pareja

 

«Si la iluminación tiene algún sentido para mí, es gracias a ella.
Un universo que ha creado a Treya necesariamente debe ser sagrado.»
Ken Wilber, Gracia y Coraje


La muerte de la pareja es una de las experiencias más dolorosas y desestabilizadoras que
puede vivir una persona. No solo porque se pierde al ser amado, sino porque desaparece una
forma de vida compartida. La pareja es quien conoce nuestra historia, quien comparte la
intimidad cotidiana, los proyectos, la crianza, la sexualidad y muchas de las decisiones
fundamentales de la vida.


El duelo por la muerte de la pareja es único en cada persona y no puede ni debe acelerarse.
Acompañarlo requiere comprensión, respeto y una mirada amplia que incluya tanto el dolor
como la posibilidad de transformación.


Las particularidades del duelo por la muerte de la pareja


Cuando muere la pareja, el impacto suele ser muy profundo. La vida diaria se altera de forma
significativa: cambian las rutinas, los roles, la economía, la vida social y, en muchos casos, la
propia identidad. Aparece una sensación de ausencia constante que atraviesa lo cotidiano:
levantarse por la mañana, acostarse por la noche o tomar decisiones que antes se compartían.


Este duelo suele vivirse con una soledad particular. Aunque haya personas alrededor, nadie
ocupa el lugar de quien era “mi pareja”. Nadie sabe exactamente lo que significaba compartir
la vida con esa persona concreta. Por eso, en muchas ocasiones, el dolor se vive en silencio.


Duelo anticipado y muerte repentina


No todas las pérdidas ocurren de la misma manera, y esto influye directamente en el proceso
de duelo.


Cuando la muerte llega tras una enfermedad prolongada, suele existir un duelo anticipado.
La persona comienza a despedirse poco a poco y a convivir con la idea de la pérdida. Este
tiempo puede permitir ciertos cierres, conversaciones pendientes o gestos de amor profundo.
Sin embargo, también suele ir acompañado de un gran desgaste físico y emocional. Tras la
muerte, pueden aparecer sentimientos mezclados como tristeza, alivio, culpa o cansancio.


En cambio, las muertes repentinas —por accidentes, infartos o suicidios— dejan a la
persona en estado de shock. No ha habido tiempo para asimilar lo ocurrido ni para
despedirse. La mente intenta comprender lo incomprensible y el cuerpo permanece en alerta
durante mucho tiempo. En estos casos, el duelo suele necesitar más tiempo para asentarse y
requiere un cuidado especial.


Cuando la pareja muere y hay hijos en etapa de crianza

 

La muerte de la pareja cuando hay hijos pequeños añade una complejidad importante al
proceso de duelo. Quien queda suele verse obligado a sostener muchas cosas a la vez: su
propio dolor, el de los hijos, las responsabilidades cotidianas, el trabajo y la economía
familiar.


En estas situaciones es frecuente que el duelo quede postergado. La persona se centra en
“salir adelante”, en cumplir y en no derrumbarse. A veces no hay espacio para sentir. Esto no
significa que el duelo no esté ocurriendo, sino que queda en segundo plano y puede
manifestarse más adelante, cuando las condiciones externas lo permiten.


Cuando en la familia hay personas especialmente vulnerables —niños, adolescentes o
personas dependientes— es importante que el adulto más consciente pueda priorizar su
bienestar sin descuidar su propio proceso de duelo. Esto implica encontrar un equilibrio: estar
disponible emocionalmente para los hijos y, al mismo tiempo, buscar espacios propios para
vivir el dolor. En muchos casos resulta muy necesario contar con ayuda externa algunos
momentos a la semana, ya sea de la familia, amistades o apoyo profesional, que permita a la
persona descansar, llorar y elaborar su duelo sin tener que sostener continuamente a otros.


Los niños, por su parte, necesitan adultos emocionalmente presentes y auténticos. Llorar
delante de ellos, hablar del padre o la madre fallecida y explicar lo ocurrido con palabras
adecuadas a su edad no los daña; al contrario, les ayuda a sentirse más seguros y a transitar su
propio duelo acompañados, comprendiendo que el dolor forma parte del amor.


Dificultades económicas y duelos bloqueados


Cuando la muerte de la pareja viene acompañada de deudas, problemas económicos o una
situación laboral inestable, el impacto emocional se intensifica. El miedo al futuro y la
necesidad de resolver lo urgente pueden bloquear el proceso de duelo. El cuerpo y la mente
entran en modo supervivencia.


En estos casos, es importante comprender que no siempre es posible elaborar el duelo de
inmediato. Acompañar también implica ayudar a ordenar lo cotidiano y reconocer que el
dolor necesita su tiempo y su espacio.


Las pérdidas secundarias


Junto a la pérdida principal aparecen otras pérdidas menos visibles: amistades compartidas,
vida social, proyectos comunes, intimidad emocional o sexualidad. Estas pérdidas
secundarias influyen de manera significativa en el proceso y suelen pasar desapercibidas para
el entorno.


Nombrarlas ayuda a comprender por qué el duelo por la muerte de la pareja es tan profundo y
por qué no se limita únicamente a “echar de menos” a la persona amada.


El cuerpo también atraviesa el duelo

 

El duelo por la muerte de la pareja puede manifestarse en el cuerpo a través de alteraciones
del sueño y del apetito, cansancio intenso, ansiedad o problemas cardiovasculares. Estas
respuestas son comprensibles y forman parte del impacto del estrés y de la tristeza profunda.


Cuidar el cuerpo, la alimentación y el descanso es una parte importante del proceso de duelo,
incluso cuando al inicio resulte difícil.


Gracia y Coraje: acompañar hasta el final


En Gracia y Coraje, Ken Wilber relata la experiencia de acompañar a su esposa Treya
durante una larga enfermedad terminal. El libro no es un tratado sobre el duelo, sino el
testimonio íntimo de una relación atravesada por el amor, la presencia y la conciencia hasta el
último momento. Wilber narra cómo Treya decide morir en casa, lúcida y acompañada, y
cómo ese tránsito compartido se convierte en una experiencia profundamente transformadora
para ambos.

 


«Relájate en la presencia de lo que es, deja que el ser se funda en la vasta amplitud del espacio.
Recuerda que tu mente primordial no ha nacido con este cuerpo y que no morirá con él.
Reconoce que tu mente es eternamente una con el espíritu.»
(Gracia y Coraje, Ken Wilber)


Este acompañamiento consciente no elimina el dolor de la pérdida, pero muestra otra
posibilidad: vivir la despedida desde el amor, la presencia y el sentido, reconociendo que el
vínculo no se agota con la muerte física.


Un espacio para acompañarte y seguir adelante


Si estás atravesando la muerte de tu pareja, es importante reconocer los retos reales que
enfrentas: el impacto emocional, los cambios en la vida cotidiana, las responsabilidades que
no pueden esperar y, en muchos casos, la necesidad de seguir funcionando cuando por dentro
el mundo se ha detenido. No siempre es posible parar, pero sí es importante buscar las
circunstancias que te permitan hacer tu duelo, aunque sea poco a poco.


Apoyarte en una red de apoyo —familia, amistades, grupos de duelo o acompañamiento
profesional— puede marcar una gran diferencia. Compartir lo que sientes, disponer de
espacios de desahogo emocional y no llevar el peso en soledad ayuda a que el dolor no se
vuelva más duro de lo necesario. Pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino una forma de
cuidado.


El duelo no tiene un ritmo fijo ni un único camino. Date permiso para sentir, para descansar
cuando puedas y para apoyarte en otros. Acompañado, este proceso puede encontrar su lugar,
integrarse en tu historia y permitirte seguir viviendo sin dejar atrás el amor que has
compartido.


Espero que este texto te haya resultado útil. Si sientes que puede ayudar a alguien que esté
atravesando una experiencia similar, te invito a compartirlo. 

 

 

Escrito por Elisabet Ros, Terapeuta transpersonal – especialista en duelo.