Una de las preguntas que con más frecuencia aparece cuando estamos atravesando una pérdida es «¿cuánto dura el duelo?». A veces han pasado unas semanas y todavía sentimos que no terminamos de comprender lo que ha sucedido. Otras veces ha transcurrido medio año, o incluso más, y puede aparecer una preocupación diferente: «Pensaba que a estas alturas estaría mejor, pero me siento peor. ¿Hasta cuándo voy a seguir así?»
Cuando el dolor se prolonga y nuestra vida continúa avanzando mientras nosotros todavía tratamos de adaptarnos a una realidad que no habríamos elegido, es comprensible buscar alguna referencia que nos ayude a saber dónde estamos. Queremos saber cuánto tiempo dura el duelo, si lo que sentimos es esperable o si llegará un momento en el que podremos relacionarnos de otra manera con aquello que hemos perdido.
Sin embargo, una de las dificultades —y quizá también uno de los grandes aprendizajes— que puede plantearnos el duelo es la necesidad de aprender a convivir con cierta incertidumbre. No siempre podemos saber cuánto tiempo necesitaremos, cómo vamos a sentirnos dentro de unos meses o qué nuevas situaciones despertarán nuestra relación con la pérdida.
Cada proceso tiene su propio ritmo porque cada pérdida forma parte de una historia, de unos vínculos y de una vida concreta. Por eso, quizá no exista una respuesta exacta a la pregunta de cuánto dura el duelo. Pero sí podemos acercarnos a otra cuestión: qué significa atravesar una experiencia de pérdida y cómo podemos, poco a poco, integrar aquello que hemos vivido en la continuidad de nuestra vida.
¿Por qué puedo sentirme peor después de varios meses?
Existe una idea bastante extendida según la cual, después de los primeros meses, deberíamos empezar a sentirnos progresivamente mejor. Como si el proceso de duelo siguiera una línea ascendente en la que cada semana nos alejáramos un poco más del dolor y nos acercáramos, de manera constante, a una mayor tranquilidad.
Pero la experiencia de muchas personas no se parece a ese recorrido.
Durante los primeros momentos después de una pérdida podemos encontrarnos ocupados por todo aquello que hay que hacer, por las decisiones que debemos tomar o simplemente por la necesidad de continuar funcionando. También suele ser un periodo en el que recibimos llamadas, mensajes y muestras de atención por parte de quienes nos rodean. En algunos casos, incluso podemos experimentar cierta sensación de irrealidad o desconexión que nos permite continuar sin haber tomado todavía plena conciencia de todo lo que ha sucedido.
Con el paso de los meses, cuando la vida cotidiana comienza a recuperar cierta normalidad y el entorno retoma sus propios ritmos, puede hacerse más evidente la realidad de la ausencia. Llegan las primeras experiencias importantes sin esa persona: un cumpleaños, unas vacaciones, una celebración o simplemente una conversación que nos habría gustado compartir. Es entonces cuando algunas personas se preguntan por qué, después de seis meses, parecen sentirse peor que al principio.
Esto no significa necesariamente que estemos haciendo algo mal o que hayamos retrocedido en nuestro proceso. A veces necesitamos tiempo para comprender realmente aquello que hemos perdido y para percibir las diferentes formas en las que esa ausencia atraviesa nuestra vida.
Uno de los aprendizajes del duelo: convivir con la incertidumbre
Quizá una de las cosas más difíciles cuando intentamos comprender cómo afrontar una pérdida es aceptar que no podemos atravesar el duelo con un calendario en la mano. Nos gustaría saber cuándo volveremos a sentir interés por determinadas cosas, cuándo podremos recordar sin experimentar el mismo impacto o en qué momento recuperaremos una mayor sensación de estabilidad.
Pero la experiencia humana no siempre puede organizarse de esta manera.
Una pérdida puede mostrarnos, de una forma especialmente clara, hasta qué punto hay aspectos de nuestra vida que no podemos controlar ni anticipar. Y quizá uno de los grandes aprendizajes del duelo consista precisamente en aprender a convivir con aquello que todavía no sabemos.
No saber cómo vamos a sentirnos dentro de unos meses puede resultar incómodo, especialmente cuando sentimos que algunas de nuestras seguridades se han visto alteradas. Sin embargo, quizá no necesitemos conocer ahora todo el recorrido. Tal vez, en determinados momentos, sea suficiente con reconocer dónde estamos y permitirnos vivir el presente sin exigirnos saber cuándo terminará aquello que estamos sintiendo.
Aprender a convivir con la incertidumbre no significa resignarnos al dolor, sino aceptar que algunos procesos necesitan desarrollarse sin que podamos determinar de antemano cuál será su ritmo.
Sentir toda la gama de emociones también forma parte del duelo
En ocasiones pensamos que avanzar en un proceso de duelo consiste en conseguir que determinadas emociones desaparezcan cuanto antes. Queremos dejar de sentir tristeza, rabia, culpa, miedo o esa sensación de vacío que, en algunos momentos, parece difícil incluso de explicar.
Sin embargo, uno de los posibles indicios de que estamos pudiendo entrar en contacto con nuestra experiencia es precisamente la posibilidad de sentir toda esa gama de emociones que una pérdida puede despertar.
Las emociones en el duelo no se reducen a la tristeza. Puede aparecer rabia por lo sucedido, impotencia ante aquello que no pudimos cambiar, miedo ante un futuro que ahora se percibe de otra manera, culpa por lo que hicimos o dejamos de hacer e incluso momentos de alivio que después pueden resultar difíciles de aceptar.
Muchas de estas emociones pueden ser contractivas, incómodas y, en ocasiones, contradictorias. No siempre nos gusta sentirlas y quizá algunas no encajan con la imagen que tenemos de nosotros mismos o con la manera en que pensamos que deberíamos vivir una pérdida.
Pero poder reconocerlas y darles algún espacio no significa quedarnos atrapados en ellas. Significa permitir que nuestra experiencia pueda expresarse, sin obligarnos a estar bien antes de tiempo y sin pensar que sentir tristeza, rabia o miedo significa que no estamos avanzando.
El propósito del duelo: integrar una experiencia en nuestra vida
Quizá una de las preguntas más importantes no sea únicamente cuánto tiempo dura el duelo, sino qué ocurre con aquello que hemos vivido a medida que el tiempo pasa.
Desde esta mirada, el duelo puede entenderse como un proceso a través del cual tratamos de integrar una experiencia que ha transformado nuestra realidad. Algo ha sucedido y ya forma parte de nuestra historia. No podemos hacer que no haya ocurrido, pero sí podemos ir descubriendo qué lugar ocupa en nuestra vida y cómo relacionarnos con ello.
Integrar una pérdida no significa olvidarla, justificarla ni encontrar necesariamente algo positivo en lo que ha sucedido. Tampoco significa dejar atrás a la persona que hemos amado o negar la importancia que esa relación ha tenido para nosotros.
Quizá integrar consista, más bien, en permitir que aquello que hemos vivido encuentre un lugar dentro de nuestra historia sin tener que ocuparlo todo.
Al principio, la pérdida puede estar presente en cada pensamiento y en cada rincón de nuestra vida cotidiana. Con el tiempo, de maneras diferentes para cada persona, pueden comenzar a aparecer otros espacios: nuevas experiencias, relaciones, intereses, preguntas y posibilidades. La pérdida continúa formando parte de nuestra historia, pero nuestra vida puede seguir desarrollándose.
Tal vez ese sea uno de los sentidos más profundos del proceso de duelo: no borrar aquello que ha sucedido ni regresar exactamente a quienes éramos antes, sino aprender a incluir esa experiencia en la continuidad de nuestra propia existencia.
¿Cuánto tiempo dura el duelo?
Respetar el tiempo del duelo no significa simplemente esperar a que los días pasen. También podemos preguntarnos cómo queremos acompañarnos durante ese tiempo y qué necesitamos para transitarlo.
En algunos momentos será importante apoyarnos en nuestra red de personas cercanas, compartir lo que estamos viviendo o encontrar un espacio para el desahogo emocional. En otros, quizá necesitemos cuidar del descanso, mantener algunos hábitos que nos sostengan o realizar actividad física, que puede ayudarnos a recuperar la conexión con nuestro cuerpo y con la vida cotidiana.
Tal vez no se trate únicamente de preguntarnos cuánto tiempo va a durar el duelo, sino también de preguntarnos cómo podemos cuidarnos mientras lo atravesamos. Porque, aunque no podamos decidir cuánto tiempo necesitaremos, sí podemos ir encontrando recursos, personas y espacios que nos ayuden a sostenernos mientras, poco a poco, aprendemos a integrar aquello que hemos perdido en nuestra historia y en la vida que continúa.
Elisabet Ros · Terapeuta Transpersonal, especialista en duelo y pérdida.

